viernes, 31 de julio de 2015

Ahora cada canción me recuerda a ti.

Me has enseñado muchas cosas. Quién te lo iba a decir, ¿eh?... Que enseñarías a esa chica que siempre llegaba tarde que no todo es tan negro como parece. Que siempre quedarán motivos por los que sonreír. Que seguirán habiendo canciones que te partan en dos. Que hay un mundo lleno de gente extraordinaria por descubrir. Que el sol sigue quemando incluso cuando ya se ha escondido. 
Pero como no era de extrañar, en cuanto empecé a verte con claridad, y supe que estabas ahí, que habías estado todo este tiempo, saliste corriendo. 
Y ahora ya no te veo. Ya no sé dónde estás. Sé que existes. Pero ya no te busco...

martes, 28 de julio de 2015

Ya habrá tiempo para arrepentirnos.

Cómo cambiarían las cosas si hiciéramos en cada momento lo que sentimos. 
Pero, tenemos una mala costumbre, la de no dejarnos ver como en verdad somos. Con lo fácil que sería aprender a decir “te echo de menos” sin que eso suponga que te estés arrastrando, decir “quédate” sin que eso signifique perder la dignidad, decir ” te quiero” sin tener miedo a que echen a correr o simplemente ir en busca de quien quieres, dejando de lado el orgullo. 
No es tan difícil, pero el miedo al no, nos puede más, el miedo a caer, nos vence, el miedo a que nos vean de verdad, nos inquieta. 
Y al final tanto miedo, nos asusta y nos asustamos tanto, que acabamos huyendo cuando en realidad queremos quedarnos.

jueves, 23 de julio de 2015

15

Y después de tanto tiempo, nos volvimos a ver. 
Pero ya no éramos los mismos; 
Tan solo éramos dos extraños con algo en común: 
un recuerdo.

viernes, 10 de julio de 2015

domingo, 5 de julio de 2015

Hablemos de amor a distancia.

Era Domingo; entonces recordé que no estás conmigo, amor mío. 
Empecé a llover con tanta intensidad, me inundé de ti, de los besos que me faltan, de tus brazos que no me cubren del frío, de tu risa que no oigo cercana y de tus ojos mirando los míos. 
Odio la palabra pronto, por qué no se cuándo será el día; pero supongo que es la palabra que me anima a seguir soñando ese momento de tu mano con la mía.

jueves, 25 de junio de 2015

Ni contigo, ni sin ti.

Me fui despidiendo a diario de él, para cuando me dijera adiós no doliera tanto. 
Al final, la vida es eso, una continua despedida.

El fin justifica los miedos.

Hay amores de película y hay amores de espot. Amores de largometraje y amores que apenas llegan a los veinte segundos. Y sin embargo, aún así, algunos espots son más bellos que millones de películas juntas. La Gioconda, quizás el cuadro más universal jamás pintado, no pasa de los 55 cm. de ancho. Para ser grande, para ser bello, para ser memorable, no hace falta extenderse más allá de lo necesario. El fin siempre justifica los miedos. Quizás por eso hoy me atrevo con una cosmología afectiva sacada de la manga. Quizás por eso hoy me hago trampas al solitario en este pequeño universo que cabe en un 'sí'.
Empecemos por los cuerpos celestes. En esta vida te encontrarás, en esencia y grosso modo, dos tipos de amantes: estrellas y planetas.
Las estrellas, como todo el mundo sabe, brillan con luz propia. Es una luz nítida, sin paliativos, sin concesiones. Es una luz tan intensa que no puedes mirarla fijamente, es una luz que atraviesa la oscuridad y la destruye. Es una luz que crea vida, que te arropa, que te da calor. Y es una luz que enamora porque no depende de nada ni de nadie, porque es libre, porque es y será así esté donde esté. Pero ojo, porque es una luz que consume a quien la emite. Si nos fijamos bien, las estrellas están en permanente combustión. Se destruyen a sí mismas para proyectar su luz, y aunque nos encantaría pensar lo contrario, sabemos que lo único eterno es la oscuridad. Por eso son tan bellas. Por eso son tan únicas. Y tan raras. Y tan fungibles. Y tan especiales. Y tan inolvidables.
A su alrededor encontrarás, sí o sí, los planetas. No hay una estrella que se precie sin un planeta que la orbite. Y eso tiene una razón de ser. Los planetas necesitan de su luz para subsistir. Son incapaces de generarla por sí mismos. Así que se enganchan al primero que les dé algo por lo que estar ahí, algo que les dé visibilidad, que es otra manera de decir que les haga existir. Es cierto que es en algunos de ellos donde brota la vida, pero no nos engañemos, son una rarísima excepción. Himno generacional número 83. El resto, la gran mayoría, son lugares inhóspitos y demasiado fríos o demasiado calientes como para que surja nada.
Es cierto que luego están los satélites, escisiones de lo que un día fueron, tan pequeños y desesperados que se llegan a enganchar a cuerpos sin luz. Y ahí se quedan, atrapados en un ciclo creciente y menguante, condenados a que lo más memorable que les pueda ocurrir en la vida sea un eclipse. O los cometas, que no dejan de ser trozos de otras relaciones que vagan por el universo incapaces de comprometerse ni de sentar la cabeza. Son casos perdidos, bellos a ratos, sí, hasta ponen rumbo a ti.
Por último, se encuentran los agujeros negros, elementos peligrosísimos, pues se alimentan de materia ajena. Cualquier materia les va bien. Vampiros emocionales del tamaño de una galaxia. Si un día te ves atrapado en uno de ellos, puede significar tu final. Porque lo mejor que puede ocurrirte es que te conviertan en basura espacial.
En este complicado universo de relaciones, lo más difícil es entender que la única fuerza no es la ley de atracción. Existe la ley de correspondencia, que dice que un cuerpo te atraerá más si te enteras de que se siente atraído por ti. Existe la ley de rozamiento, que dice que hace el cariño, que deviene en confianza que da asco. Existe la ley de la fuerza centrífuga, que dice que un cuerpo que abandona una órbita libera exactamente la misma energía que le impedía seguir siendo feliz en la relación. Y la de la fuerza centrípeta, que dice que donde hubo retuvo, que siempre te atraerá algo de lo que te atrajo. Y existe la ley de los cuerpos comunicantes, sobre la que nadie aún se pone de acuerdo.
Sea como sea, yo no sé si soy estrella, planeta o agujero negro, pero en mi camino emocional exijo estrellas. Y cuanto más mayor me hago, antes identifico las que no lo son. Es uno de los gajes de hacerse viejo, que lo ves venir todo a años luz.
Hay amores de película y hay amores de espot. Amores de largometraje y amores que apenas llegan a los veinte segundos. La diferencia es que los primeros los vives solo una vez. Y los segundos, te guste o no, estás condenado a repetirlos tantas veces como les dé la gana a ellos, incluso en contra de tu voluntad.